Por Steffanie Kloss, académica investigadora del Magíster en Comprensión Lectora y Producción de Textos UNAB
Cada cierto tiempo reaparece la misma inquietud: ¿están hablando distinto los jóvenes? La pregunta suele formularse con alarma, como si el lenguaje estuviera en riesgo o como si las nuevas generaciones estuvieran erosionando la lengua. Sin embargo, desde la lingüística, la respuesta es menos apocalíptica y mucho más interesante.
Se ha hablado incluso de un “dialecto digital” de la Generación Z. No obstante, el concepto requiere matices. No estamos frente a un dialecto en el sentido tradicional —como el andaluz o el rioplatense—, sino ante un sociolecto digital: un registro generacional profundamente mediado por la tecnología.
Este sociolecto se caracteriza, en primer lugar, por una marcada economía expresiva. Abundan las abreviaciones, las elipsis y las frases incompletas que solo adquieren sentido dentro de un contexto compartido. A ello se suma una hibridación multimodal, en la que el significado ya no reside únicamente en las palabras, sino en su articulación con emojis, gifs, audios e incluso con la ausencia de respuesta.
En este marco, el silencio —por ejemplo, el “visto” sin respuesta— no es vacío ni neutro. Produce sentido: puede generar tensión, ambigüedad o incluso rechazo. No responder, en estos entornos comunicativos, constituye también una forma de decir algo. Así, el lenguaje, lejos de desaparecer, se reconfigura y se expande hacia nuevas materialidades discursivas.
Otro rasgo central es la innovación semántica. Palabras existentes adquieren nuevos significados por efecto del uso. “Literal”, por ejemplo, deja de remitir a lo explícito para convertirse en un intensificador emocional: “literal, ya no podía más”. Algo similar ocurre con préstamos del inglés como “random”, que ya no significa estrictamente aleatorio, sino extraño o fuera de lugar; o “cringe”, que reemplaza expresiones más extensas como “me dio vergüenza ajena” y se sintetiza en un simple: “¡Qué cringe!”. En todos estos casos, no hay empobrecimiento lingüístico, sino eficiencia comunicativa en un entorno altamente mediatizado.
A esto se suma una alta conciencia pragmática. Los jóvenes saben que no se escribe igual en WhatsApp que en TikTok o Instagram. Adaptan su forma de expresión según la plataforma, el público y el propósito comunicativo. Este manejo contextual demuestra competencia lingüística, no su ausencia.
Las redes sociales cumplen un rol protagónico en este proceso. Aceleran el cambio lingüístico: una palabra puede surgir, viralizarse y desaparecer en cuestión de meses. Además, globalizan el habla juvenil, generando repertorios léxicos compartidos entre adolescentes de distintos países. Antes, la lengua se regulaba principalmente desde instituciones; hoy, son los propios usuarios quienes instauran usos que muchas veces trascienden generaciones.
En este ecosistema digital se privilegia lo expresivo por sobre lo normativo. Importa más sonar auténtico, irónico o ingenioso que ajustarse estrictamente a la corrección gramatical. El contacto constante con el inglés, además, da lugar a apropiaciones creativas que refuerzan la identidad generacional.
Todo esto revela un rasgo clave de la Generación Z: una alta conciencia metalingüística. Saben que el lenguaje construye identidad y juegan con él. Resignifican, exageran, ironizan y crean comunidad a través de las palabras. Lejos de estar empobrecida, la lengua está viva, adaptándose a nuevas formas de interacción.
La pregunta, entonces, no es si los jóvenes “hablan mal”, sino si estamos observando con los criterios adecuados un fenómeno lingüístico que responde a nuevas condiciones de uso, interacción y sentido. Tal vez el problema no sea el lenguaje de las nuevas generaciones, sino la persistencia de miradas que continúan evaluándolo con parámetros pensados para otros tiempos y otros soportes. Más que una amenaza, estos usos digitales confirman algo bien conocido por la lingüística: el lenguaje cambia cuando cambian las formas en que nos relacionamos.
