Coquimbo promociona su borde costero como una zona libre de cobros para atraer al turismo. Sin embargo, en la práctica, los visitantes se enfrentan a una “tarifa invisible” impuesta por sujetos que se han adueñado de las calles, transformando el beneficio municipal en un dolor de cabeza para los conductores.
Estacionar frente al mar en Coquimbo debería ser, por decreto, un alivio para el bolsillo. Mientras que en la vecina ciudad de La Serena se deben desembolsar $2.600 obligatorios, la Avenida Costanera de la ciudad puerto se presenta como un refugio de gratuidad. Pero basta con detener el motor y abrir la puerta para que la ilusión se desvanezca: un “acomodador” aparece de inmediato, paño en mano, estableciendo un peaje que nadie autorizó, pero que casi todos pagan.
La política de puertas abiertas
Desde la administración municipal, el alcalde Ali Manouchehri ha sido enfático: el borde costero de Coquimbo es de todos y no se cobra. Esta medida busca incentivar el comercio local y el turismo, diferenciándose del modelo concesionado de La Serena. “Es un uso gratuito que permite a los vecinos y turistas disfrutar sin barreras”, sostiene el edil.
Sin embargo, esta ausencia de un cobro formal ha dejado un vacío de poder que ha sido llenado por personas que, lejos de ofrecer un servicio voluntario por una “moneda”, han establecido una dinámica de control territorial.
El miedo como tarifa
Para el turista que llega desde otras regiones o del extranjero, la situación es desconcertante. Claudio Rojas, visitante habitual de la zona, resume el sentimiento de muchos: “Prefiero que sea gratis, pero es molesto cuando sujetos tratan de ‘cuidar’ el auto y se alteran si no les das lo que esperan. Al final, pagas por miedo a que le rayen el vehículo o te griten algo”.
Esta “falsa gratuidad” genera una tensión constante. A diferencia del parquímetro establecido, donde existe una boleta y un responsable legal, en la Costanera el conductor queda a merced de la voluntad del cuidador. La molestia no es solo por el dinero, sino por la intimidación que muchos perciben al ser abordados de manera agresiva apenas bajan del automóvil.
¿Fiscalización o resignación?
El municipio de Coquimbo es consciente del problema. Para la autoridad, la solución no es imitar a La Serena y empezar a cobrar, sino limpiar la calle. La estrategia oficial apunta a reforzar la presencia de Seguridad Ciudadana y Carabineros, además de educar al visitante. La consigna es clara: en Coquimbo no se paga, y cualquier exigencia de dinero es ilegal.
Pero la realidad de este enero de 2026 muestra que las patrullas no pueden estar en cada calzo de estacionamiento. Los cuidadores informales conocen los tiempos de los inspectores y aprovechan los momentos de mayor afluencia para imponer su ley.
El costo de lo gratuito
En definitiva, estacionar en la Costanera de Coquimbo se ha convertido en un ejercicio de paciencia. El modelo de gratuidad es aplaudido en el papel, pero en la arena política y social, abre el debate sobre quién es el dueño del espacio público.
Mientras el municipio lucha por mantener su bandera de beneficio social, el turista sigue atrapado en una paradoja: elige Coquimbo para ahorrar, pero termina pagando un “impuesto a la tranquilidad” a un cuidador que, sin uniforme ni contrato, manda en la calle más que cualquier decreto municipal.
