
Cada 21 de mayo, las campanas de las iglesias y las sirenas de los bomberos resuenan en todo Chile para recordar la gesta de Arturo Prat en la rada de Iquique. Los textos escolares nos hablan de Valparaíso, de Santiago y de las grandes capitales, pero hay una verdad histórica que late con fuerza en cada rincón de nuestra tierra: el valor de la Región de Coquimbo fue el motor que sostuvo los pabellones de la Esmeralda y la Covadonga en aquella jornada de gloria de 1879.
Nuestra región no fue una espectadora de la Guerra del Pacífico; sus hijos estuvieron en la primera línea de fuego, regando el mar del norte con valentía, coraje y un amor a la patria que hasta el día de hoy nos estremece.
El milagro médico que nació en Andacollo
Mientras la goleta Covadonga esquivaba los cañonazos del blindado Independencia en una maniobra magistral, en la camareta de heridos se escribía una de las páginas más dolorosas y heroicas de ese día. Allí se encontraba el Cirujano Pedro Regalado Videla Órdenes, un joven médico nacido en la fe de Andacollo y educado en las aulas del Liceo de Hombres de La Serena.
En medio del combate, un proyectil enemigo perforó la madera y lo hirió de muerte, amputándole ambas piernas. Cualquiera se habría rendido, pero el doctor Videla, con la templanza de los hombres del norte, se negó a dejar su puesto. Desangrándose y soportando un dolor inimaginable, continuó dictando instrucciones a sus enfermeros para salvar la vida de los marineros heridos hasta exhalar su último suspiro. Dio su vida sanando a otros, dejando el nombre de nuestra región en lo más alto del altar de la patria.
El guardián elquino del pabellón patrio
Unos metros más arriba, en la misma cubierta de la Covadonga, las esquirlas y la metralla caían como lluvia. El mástil que sostenía la bandera chilena fue destrozado por los impactos. Fue ahí donde emergió la figura de un joven de apenas 20 años, nacido en el corazón del Valle del Elqui, en Vicuña: el Subteniente Carlos Luis Ansieta.
Herido de gravedad por los trozos de metal, Ansieta se aferró con las pocas fuerzas que le quedaban al estandarte. Sabía que si la bandera caía, el enemigo pensaría que se habían rendido. Sangrando pero firme, no soltó el paño tricolor hasta que el peligro pasó y la Covadonga consolidó el triunfo en Punta Gruesa. Sobrevivió para contar el milagro y regresó a su amada Vicuña, donde hoy descansa bajo el cielo estrellado del Elqui.
Los hombres del puerto y el último sobreviviente
¿Y qué decir de nuestro puerto de Coquimbo? Desde los muelles de la bahía zarpó el Subteniente Antonio Dionisio Hurtado Rojas, un artillero de marina que defendió la Esmeralda hasta el último minuto y que tuvo que soportar los fríos calabozos de Iquique como prisionero tras el hundimiento de la corbeta.
Junto a él, la historia siempre nos recordará a Wenceslao Vargas, el humilde muchacho de Monte Patria que, tras sobrevivir al abordaje y al naufragio, se convirtió en el último sobreviviente de la dotación de Arturo Prat, uniendo para siempre la mística de los valles del Limarí con la inmortalidad del pacífico.
Hoy, cuando miremos al mar y recordemos el sacrificio de aquellos marinos, no miremos solo hacia el norte lejano. Miremos hacia Andacollo, hacia Vicuña, hacia Monte Patria y hacia los cerros de Coquimbo. Porque la gloria de Chile tiene el sello, el coraje y la sangre de nuestra propia tierra. ¡Honor y gloria a los héroes coquimbanos de la epopeya de Iquique!