Crónica: Pedro Antonio Castillo
La noche cae temprano en los barrios de La Serena y Coquimbo. Ya no es solo el silencio el que se apodera de las calles, sino también la desconfianza. Vecinos que apuran el paso, portones que se cierran antes de lo habitual y luces encendidas como señal de alerta. La sensación de inseguridad se ha instalado con fuerza en la conurbación, marcada por una seguidilla de robos de vehículos, asaltos a transeúntes y delitos al interior de domicilios.
En los últimos meses, los relatos se repiten. Un automóvil sustraído en segundos mientras su dueño realizaba una compra rápida. Un asalto violento a plena luz del día. Casas vulneradas incluso con moradores en su interior. Hechos que no solo afectan el patrimonio, sino que quiebran la tranquilidad y erosionan la vida cotidiana de la comunidad.
“Antes salíamos a caminar después de cenar, ahora no”, comenta una vecina del sector Las Compañías. Su testimonio refleja una realidad compartida por muchos: el miedo se ha vuelto parte del día a día. Los grupos de WhatsApp vecinal ya no se usan solo para coordinar actividades comunitarias, sino para alertar sobre movimientos sospechosos, disparos lejanos o vehículos desconocidos rondando el sector.
Los robos de vehículos se han convertido en uno de los delitos más recurrentes. Bandas organizadas, rápidas y violentas aprovechan descuidos mínimos. En paralelo, los asaltos a transeúntes afectan especialmente a trabajadores y estudiantes, quienes sienten que ningún horario es seguro. A esto se suman los robos a domicilios, que dejan una huella profunda: la casa, ese espacio que debería ser refugio, deja de sentirse segura.
Desde Carabineros se han reforzado los patrullajes y los controles, y se han logrado detenciones y recuperaciones de vehículos. Sin embargo, para la comunidad, la percepción de inseguridad persiste. La ciudadanía reconoce los esfuerzos policiales, pero exige más presencia, mayor rapidez en la respuesta y estrategias sostenidas en el tiempo.
La situación genera estrés, ansiedad y agotamiento emocional. Adultos mayores que temen salir solos, familias que modifican rutinas, comerciantes que cierran antes por temor a ser víctimas de la delincuencia. La inseguridad no discrimina y afecta tanto a sectores céntricos como periféricos.
En medio de este escenario, el llamado es transversal. A las autoridades, para fortalecer la prevención, la inteligencia policial y el trabajo coordinado. A la comunidad, para no bajar los brazos, denunciar y apoyarse mutuamente. Porque recuperar la seguridad no es solo una tarea policial, sino un desafío colectivo.
Mientras tanto, en la conurbación, cada cierre de reja al anochecer es un recordatorio de que la lucha contra la delincuencia también se libra en la esperanza de volver a vivir sin miedo.
